Sabemos que ya no somos jóvenes cuando nos despertamos antes de las ocho de la mañana, inclusive un domingo, y cuando criticamos la letra de una canción que está de moda con el argumento infalible de que las letras de las canciones que le dedicábamos a la novia sí hablaban de amor y no como las de ahora que con un sonsonete electrónico las tratan de perras o les piden que muestren sus partes íntimas (en la canción dicen chocho).
Aceptar que ya no somos los reyes del grill, la fuente de soda o la discoteca, no es fácil.
A nosotros nos tocó la televisión con dos canales en blanco y negro, el televisor sin control remoto, el Marconi o telegrama, el sistema de correo ordinario o entrega inmediata (que se demoraba dos días de Manizales a Armenia), para llamadas a larga distancia teníamos que llamar a Telecom a pedirle a una operadora que nos comunicara, sobrevivimos a la ingesta de Cherrynol y de Moresco, a las fumigaciones caseras con KanKil, a los paseos de olla en los que el chofer del bus tomaba aguardiente parejo con los que hacían el sancocho y después de regreso, nosotros en nuestra infantil ignorancia le gritábamos “chúcele, chúcele” para que acelerara sin compasión mientras cantábamos “allá en el rancho grande”, nos sabíamos las canciones Elia y Elizabeth, Ximena, Christopher, Cuarta Generación y Mateo Balboa, fuimos lectores furtivos de Hernán Hoyos y de la revista Picante (y no nos quedamos ciegos), pusimos canciones por teléfono cuando no existían los teléfonos inalámbricos, ni el fax, ni los computadores, ni los celulares, fuimos usuarios de los discos en 45rpm y de los long play y de los cassettes Maxwel, oíamos Ondas del Nevado y llamábamos a Música a la carta a pedir Rockcolletion de Laureant Voulzy o Poetas Andaluces de Aguaviva, los sábados no nos perdíamos la Vitrina de éxitos de Pompin, veíamos Animalandia, Cabeza y Cola, nunca olvidamos a Kalimán, ni a Arandú, ni a los Tolimenses, ni a Herbert Castro y al pobre Peraloca al que se le dijo, se le advirtió, se le insinuó y no quiso hacer caso, y nuestras discusiones más serias eran sobre si Pepo, el autor de Condorito, era colombiano o argentino, que Bruce Lee había muerto por hacer tanta meditación y sobre la muerte de uno de los Menudos que se había “hecho hacer la operación”.
Ya no somos jóvenes, nuestra época dorada necesita una pasada de pomada Brasso. Nos criamos de milagro pero nos tocó lo mejor de la música no sólo por las voces sino también por las letras y los arreglos musicales ajenos al facilismo del chispún digital.
Aceptar que conocemos y nos gusta la balada es aceptar que somos ochenteros sin que importe nuestra fe de bautismo, ni la mirada torva del romántico penitente.
No hay cosa más triste y patética que un ochentero que diga que la balada es deprimente: será que la música de despecho no es para cortarse la venas?
Para todos hay y esa es la ventaja de ser libres y autónomos. Este es el sitio de la música en azul, del recuerdo, de la poesía y de las voces bellas.
Salud!